Marcelo Ebrard, actual titular de la Secretaría de Economía, ha salido a declarar —con tono de victoria— que el aplazamiento de 90 días en la imposición de aranceles por parte de Estados Unidos representa una señal de que México goza de un “trato mejor que casi cualquier otro país del mundo”. ¿De verdad eso es lo que deberíamos celebrar?
Esta narrativa oficial no solo es engañosa, sino preocupantemente conformista. Lo que se presenta como un logro diplomático es, en realidad, una prórroga disfrazada de privilegio. Los aranceles no se han cancelado ni se ha reconfigurado estructuralmente la relación comercial con Estados Unidos; simplemente se han pospuesto por tres meses, como quien aplaza una sentencia. Y mientras tanto, el gobierno federal opta por el aplauso fácil, en lugar de asumir con seriedad el reto de construir una política exterior basada en autonomía, estrategia y firmeza.
Hablar de un “mejor trato que casi cualquier otro país” es no entender (o fingir no entender) la realidad geopolítica: México es altamente dependiente del mercado estadounidense, y Washington lo sabe. Por eso impone plazos, condiciones y amenazas de aranceles como mecanismo de presión, sabiendo que del otro lado solo hay complacencia. Esta relación desigual ha sido evidente desde hace años, pero ahora se convierte en un teatro político donde una simple llamada se vende como proeza histórica.
Además, hay que señalar el contexto: el aplazamiento se logró tras una intervención directa de la presidenta de México, lo cual pone en evidencia que no existe una estrategia estructurada para prevenir estos escenarios, sino que todo se resuelve a última hora, con improvisación y en lo oscurito. ¿Dónde están los planes de contingencia? ¿Dónde está la diversificación de mercados? ¿Dónde está el fortalecimiento del mercado interno para no seguir siendo rehén del vecino del norte?
Mientras tanto, sectores productivos enteros —desde manufactura hasta agroindustria— permanecen en la incertidumbre. Las empresas no pueden planificar con claridad, y los inversionistas observan un país que no define su rumbo comercial con firmeza, sino que se acomoda a los caprichos ajenos.
Este “respiro” de 90 días no debe celebrarse. Debe preocuparnos. Porque lo que está en juego no es solo un tema de aranceles, sino la dignidad con la que México se planta frente al mundo.
